Columna de los miércoles en La Prensa Libre
Por Federico Malavassi

Sin embargo, algunas tendencias y concepciones actuales pretenden imponer modelos o verdades como si fueran únicas. Eso no está bien.
¿Cómo funciona el asunto? Fácil, se van filtrando expresiones y repitiendo afirmaciones hasta imponerlas.
Una de las más molestas es aquella que dice que hay que disfrutar la vida antes de casarse. Se refuerza con la afirmación de que los hijos son un ancla que impide el libre navegar. Hace poco, en una película, se expresaba que algo así como que “todavía no matrimonio e hijos, ¡amo la vida!”.
Esas afirmaciones van calando hondo en todo el mundo y van formando creencias muy difíciles de erradicar. Basta agregarle unas cuantas especias y quedan las nuevas verdades: “no soy feliz en mi matrimonio”, “mejor no casarse ni formalizar (muchos menos por la Iglesia), hasta estar seguro de que todo va a salir bien, de que nos vamos a llevar bien y de que vamos a ser felices”.
Por supuesto que la gente termina creyendo que el matrimonio es un amarre, que los hijos son un ancla y que la familia es una aburrición. Son las creencias que sembramos y abonamos con consistencia (porque lo decimos o porque callamos cuando lo oímos).
Me parece que, de tal modo, vamos camino a serios problemas morales, sociales y religiosos. No estamos promoviendo un compromiso entre las personas, olvidamos el amor y tenemos una grave confusión con el concepto de libertad.
Con tan errada doctrina estamos fomentando el temor al matrimonio, a formar familiar y a tener hijos. Los hijos, entonces, serán vistos como desgracias, la familia como cárcel y antigüedad y el matrimonio como cadenas.
Libertad es escogimiento, pero también y fundamentalmente es responsabilidad. Hay que responder por nuestras decisiones.
Cuando nos casamos, no deberíamos pensar en el gusto que nos vamos a dar sino en la felicidad que vamos a entregar. Cuando tenemos hijos no podemos verlos como hipotecas sino como posibilidades y crecimiento.
Si no entendemos qué es el amor, estamos fritos y condenados a ser desgraciados. No hay que confundirlo con enamoramiento.
Una familia con amor, unidad, responsabilidad y, además, con hijos, es mejor que cualquier fortuna. Estoy seguro de que familias así resultarán en mejores sociedades. Y, por supuesto, no es un tema de leyes y reglamentos.
Hijos, familia, matrimonio y amor son vida.