Columna de los miércoles en La Prensa Libre
Por Federico Malavassi

Asimismo, tenemos el compromiso de restaurar la libertad de expresión, conculcada por un marco jurídico inapropiado y una práctica judicial ya condenada. No hacerlo degrada el honor nacional (por el incumplimiento de normas supralegales) y deteriora nuestro desarrollo político.
No obstante, pasan los años y no se aprueban unas cuantas reformas que podrían resultar en un buen impulso para la libertad de expresión. El próximo sábado (3 de mayo) es el día de la Libertad de Expresión. Por tal motivo es vital que reflexionemos sobre cuán importante es esta dimensión de la libertad en nuestra sociedad. Somos un sistema republicano, creemos en la libertad, consideramos esencial que el gobierno trabaje bien, que haya acceso a las oficinas públicas, que la administración pública cumpla sus propósitos, que haya igualdad jurídica, que no exista corrupción ¿verdad? Pues bien, la libertad de expresión encierra la magia de que no solo es un fin en sí misma (una libertad que potencia la libertad de pensamiento y opinión, así como una serie de derechos relacionados) sino que también sirve de garantía de buen desempeño del sistema, de garantía de protección de las demás libertades, de garantía de fiscalización del gobierno y la administración pública. Por ello es un presupuesto de la vida republicana, de la democracia y el buen gobierno. Por tal razón, además, hay una especie de doble discurso en algunos políticos. Públicamente dirán que sí a la libertad de expresión. Pero en sus acciones no la favorecerán. El proyecto de ley que contiene las reformas a la legislación penal y a otras leyes para avanzar un tanto en la mejora del marco jurídico a favor de la libertad de expresión ha tenido un camino azaroso y complicado, pareciera que siempre está cerca pero nunca se llega. En el fondo es miedo al poder de la palabra, es miedo a la información, es miedo a la indagación ciudadana y es miedo a la verdad.